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domingo, 15 de abril de 2012

Hacer como si nada (cuando pasa de todo)

          Una característica de la sociedad de la información en que vivimos, es la capacidad humana para poder comunicarse y romper las barreras del tiempo. Al parecer este regalo de la tecnología nos ayuda a la vez a estar más lejos y a acortar la capacidad de unir nuestras manos en pro de una lucha.

           Esa misma sociedad de la información manipulada por la prensa, que a gritos de propaganda nos venden grupo para la campaña lava cerebros. Y en eso apunto a los medios, los llamados guardines de la verdad, que mienten en nuestras caras al declarar objetividad, como si las subjetividades de su pensamiento quedaran fuera de todo cálculo de interés al momento de comunicar. Porque, ¿régimen o dictadura? Juzgue usted si ese u otros períodos deben llamarse régimen o gobierno. Como si la democracia fuera tan democracia, o si los políticos fueran honestos y la concertación fuera de izquierda.

          Pero si estamos en conocimiento de esto, ¿qué pasa? Por qué la Moneda no está tomada con Hinzpeter y Piñera capturados en una tragicomedia anarquista. Por qué no gritamos todas y todos un cántico de euforia ante las injusticias. Por qué no nos unimos los furiosos y hablamos por los sin voz. Por qué no somos conscientes de lo que nos pasa y seguimos rondando en esta máquina, este artefacto contemporáneo y capitalista, lleno de grasa, contaminación y sangre. Que lo operan los otros. Los grandes. O esos que pretenden serlo. Los que van a esas Iglesias y pagan por ser miembros de ese cónclave minúsculo y elitista. Los que discriminan, lapidando a cada homosexual, haciendo hincapié en nuestra supuesta desviación. Los que se aumentan el sueldo dejando al pueblo con 180 lucas, para ellos pasar a un festín de dos millones por año. Y los que violan y nos llaman enfermos cuando bajo sus sotanas se esconden al final del clóset hambrientos de sexo. También los que golpean y coartan la libertad a hablar lo que pienso en donde quiera y cuando sea. En medio de una calle. Con unos neumáticos con fuego o de taco alto y voz distinta. Y también los asesinos de Zamudio, que representan al implícito asesino del pensar machista en nuestro Chile homofóbico.



          La fuerza está entonces en la acción, en ese sueño idealizado de ver a cada ser social convertido en cual maricón enajenado, hirviendo de rabia y de llanto por las realidades injustas, desiguales, travestidas de democracia y de progreso. Esa realidad nostálgica que envuelve a nuestro pueblo en desigualdades explícitas y duras que hacen del caminar un cuestionamiento eterno porque, cuando rondando la acomodada Iglesia ve a esa abuelita de mirada triste mendigando por unos pesos, ¿qué piensa?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Travestismo político

El título de esta crónica es lo único rescatable –a mi juicio- de las frases de Fernando Villegas, sociólogo, quien hace semanas atrás se refiriese con estos dos grafemas al fenómeno de los encapuchados en las protestas sociales.

Pese a la promulgación de la ley antidiscriminación, el travesti es el mismo, al homosexual se le sigue llamando maricón, y el vecino peruano permanece en su escalón de raza inferior, al que sólo se le da trabajo en labores domésticas. El travestismo en el siglo XXI se presenta como un accionar incluso terrorista, que trasciende todas las reglas de la biología para imponer de cejas delineadas y faldas cortas una idea, una fuerza y una convicción que se materializa de tacoalto y pelucas. Es la misma expresión, no genérica, sino que transpolítica la que se refleja en las calles de las urbes nacionales. El encapuchado no viene a esconderse, así como el travesti tampoco quiere borrar el Jorge del carnet de identidad, sólo viene a disfrazarse de complaciente para pasar desapercibido ante el ojo opresor que a punta de represión, discrimina, encarcela y tortura. Como leí en un stencil de las calles de Concepción, en donde la imagen del Ministro Hinzpeter aparecía a lo Hitler pero en caricatura: “el delito que persigo es la libertad”. Ni el travesti puede vivir su género libremente, a sabiendas de una sociedad reprimida moralmente. Como tampoco el “capucha” puede andar a rostro descubierto por los andares violentos de la resistencia callejera.

La demonización por parte de los medios de comunicación, ha conllevado a que el encapuchado se tergiverse, viéndose en él o ella una imagen delictual, en donde la idea de legítima defensa parece haber desaparecido. Siempre he observado -desde muy cerca- a las y los jóvenes que se travisten políticamente, y que a llanto fresco recogen piedras, molotov y lacrimógenas para reprimir al represor. Porque la única lucha del encapuchado es en contra de los llamados “pacos”. Y es que en todo este análisis travestual se ha dejado fuera a la institución, imagen y poder que gestiona las órdenes del fascismo ejecutivo. Porque sí, los Carabineros de Chile también se travisten. Por la mañana, en su casa, junto a su machista esposa, el funcionario es civil, y lo llaman ‘Cris’ en la intimidad, Cristián para los amigos del barrio, y mi Cabo Segura para los colegas. Luego de una ducha, el Cristián Segura se queda en las sábanas maritales, mientras el Cabo se impone firme, desafiante y coercitivo ante la sociedad. Un acto de travestismo a plena luz del día. 
¿Pero, a ellos quién los detiene?