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martes, 6 de septiembre de 2011

El anónimo amante de una noche olvidada

     No sabía su nombre, con suerte recordaba la inicial de esa palabra que probablemente jamás le traería algún recuerdo.
     El primer paso lo dio el cuerpo femenino, que osada desabrochó su sostén para luego dejarlo como pañuelo cuequero sobre sus manos y moverlo, al son de esa canción imaginaria que la maquillaría de artista en tan sexual escenario.
     Este hombre no dio tregua a los movimientos sensuales de su fémina acompañante. Erecto y decidido comenzó a besar a Violeta por el cuello, hasta el hombro y luego entre los pechos. No era una mujer, eran cien en ese mismo cuerpo, contenido, ante esa coreografía sensual de su amante incógnito.
     Cuando él se bajó los pantalones, Violeta, en un acto represalia se arrodilló para darle una bienvenida con honores a ese pene erecto, que, con tanto bulto le prometía un coito lujurioso. A esa chiquilla, que ilusionada, se dejó caer al suelo suavemente para sacar al aire libre ese gran miembro idealizado. Y la sorpresa no fue tanta. Las expectativas fueron totalmente cubiertas.
     Violeta, quien nunca amó el sexo oral, osó darle este obsequio a su amante con el fin de provocarlo y hacer una pequeña antesala para la gran batalla que se avecinaba.   En el entretanto, el hombre hacía lo suyo, la pequeña ropa interior de Violeta, que por cierto caía en una caja de fósforos, voló por la oscuridad de esa pieza, perdida entre sudor, gemidos y vapor.
     ¡No pares, no pares jamás! Reclamó fatigada la femme fatal que a punta de penetración hablaba sólo para dirigir el asunto. Los besos mojados y tibios que su amante le propinó no fueron suficientes para aplacar su deseo. La cama era un microbús antiguo que andaba sobre adoquines. Era la mujer gozada y gozante que a punta de gemidos dejó bien en claro que la que recibe toca la mejor parte. El hedonismo está primero se dijo picaresca.
     Luego de este show a oscuras, Violeta, se puso los cuadros al revés para luego acomodarse el vestido, pintarse de rojo los labios, mirarse al espejo con seria elegancia y emigrar hacia la urbe, hacia la calle, por cierto, de donde venía, y en donde siempre estará.

domingo, 20 de febrero de 2011

Fomingo, tomo lo que encuentro.

   Violetilla… Violeta, estaba de vuelta.
   El placer de la noche anterior había huido por el retrete, las historias pasan y pasan, ella, atónita no deja marca en su cuerpo, ni en su corazón, ni menos en su memoria.
   Cotidiana, se enfrentó al día. El domingo parecía ido, frío, aburrido y ausente, las almas urbanas no se aparecían ni por sus recuerdos, ni en la otra esquina, ¡ni siquiera en su propia cama!

   La música era su única compañía en aquél fomingo tan igual a los otros, tan pasivo e insípido. Sonaba el grupo argentino Virus en la radio, Violeta, enroló un moño en su caballera oscura y cantó afanada… ‘eras tan le lush, tu beso en el vidrio dejó marcado el rush, no me importa nada en cuestión de amor, tomo lo que encuentro, me siento algo mejor’ concluyó eufórica como si la cantautora contagiada con VIH fuera ella. Las melodías argentinas de Virus le llegaban al alma, siempre se sintió identificada con la tránfuga y femenina historia de Federico Moura, acallado por el SIDA. Pero de eso ella no sabía mucho, más que por sus tías que le cacareaban: ‘cantaba tan lindo ese maricón, qué lástima que haya muerto’. Desde esa historia marginal, Violeta, aferró su gusto a aquella banda trasandina… ¡Espero no se me pegue el virus a mí no más hueona', ahí si que las cago! Se dijo a sí misma, como autorepresalia ante su perra vida, o perra-actuar, o perra alma. A esta altura, quién sabe.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Nocturna y bohemia

Violeta, vestida de un afrodisíaco negro, entró en aquel lugar, prendió un cigarrillo, se despojó de su chaqueta, y lució sus senos ante la jauría nocturna de hombres sedientos de femineidad.

Sus manos envueltas en guantes de encaje bordearon su cuerpo curvilíneo al son de la música. Con movimientos lentos, exactos, tocó su cuello y luego los hombros, de pronto sus pechos y luego sus manos envolvieron sus caderas…

Fumando, olvidando y bebiendo el olvido, Violeta, sólo existía para ella misma. Caminó y transitó por las esquinas de ese lugar a medio iluminar, se sentó de pierna encima, expeliendo humo de su boca rosa, y en un acto sorpresa su mirada maquillada divisó una figura masculina acercarse a su cuerpo infinito…
¿Qué tal, cómo te llamas? Violeta, lanzó una mirada lujuriosa, fumando de su boquilla arrojó el humo sobre el rostro de aquel tipo. Se fugó de la situación. No era el momento para conocer a un hombre. Era la noche para conocerlos a todos.

Cuando se sintió lo suficientemente ebria se acercó hacia la horda masculina, se dejó tocar, se permitió seducir por todos los hombres que allí se encontraban, ninguno en particular llamaba su atención, más bien el conjunto masculino, su aroma y su tesón la cautivaron.
En el momento en que se divorció de aquellos hombres acudió hacia el apoyo de una muralla ajena, sacudió su cuerpo ante la pared y moviendo sus manos en forma de abanico mostró todo lo que tenía a la noche, a su querida noche, a su mugrienta noche que la presentaba así; osada, patética y performista.

Cayó al suelo, tomando su cabeza, acariciando sus senos y fumando su eterna boquilla. Parecía que intimaba con ella misma; que esa noche de placer jamás acabaría…
Y que la llama de su cigarrillo, jamás se apagaría…